Cuando perdemos a nuestro amigo de cuatro patas

Normalmente asociamos la palabra «duelo» a la pérdida, al fallecimiento de un ser querido. Pero, por un lado, la pérdida no siempre tiene por qué aludir a un fallecimiento y, en el caso que nos ocupa en este post, el ser querido no siempre tiene que ser una persona.

El proceso del duelo

Para el lector o la lectora, estoy convencido de que la palabra «duelo» le es conocida, en parte debido a la creciente visibilidad de la importancia de la salud mental, también en parte porque el duelo es un acompañante de nuestras vidas que no elegimos, pero que necesitamos.

Son muchas las referencias a nuestro alrededor que aluden a este proceso, como por ejemplo, en la más que conocida serie Los Simpsons. En un capítulo de la serie, Homer pasa por todas las fases del duelo en pocos segundos, según le van explicando cada fase:

Aunque en este caso, Homer habla de la concepción de su propia muerte, las fases que describe el Doctor Hibbert se asemejan con las fases que una persona atraviesa cuando sufre la pérdida de un ser querido (e incluso puede darse un duelo sin la pérdida de un ser querido como tal, sino con la pérdida de algo con lo que sentíamos apego, como un trabajo, o un hogar).

El rápido proceso de duelo de Homer se da por las personas que han tenido una pérdida en sus vidas, pero no exactamente igual que como lo vive el propio Homer.

Las etapas o fases del duelo

Es necesario aclarar que el hecho de que se enumeren y describan fases responde a una intención didáctica y que en la vida real no tienen por qué darse las fases en este orden ni distinguirse en el tiempo de forma tan clara como a continuación se expone:

  1. Negación. Negar es la respuesta que aparece ante un hecho tan impactante como el de una pérdida. Normalmente, cuando acabamos de saber que alguien nos ha dejado no tenemos los recursos cognitivos ni emocionales para poder gestionar esa situación, y reaccionamos de la única forma que podemos, que es negando que algo así haya podido pasar.
  2. Ira. Esta fase se caracteriza con la aparición de las primeras reacciones emocionales y además se produce una búsqueda de culpables o responsables de la pérdida. La fase de ira está relacionada con la inevitabilidad de la muerte y es una fase donde la frustración está muy presente.
  3. Negociación. Empiezan a aparecer los planteamientos racionales tras la fase tan marcadamente emocional de la ira. En este caso, se realizan análisis de la pérdida desde muchos planos y puntos de vista, pudiéndose plantear la persona que sufre la pérdida qué habría pasado si las cosas hubieran sucedido de otra forma, por ejemplo.
  4. Depresión. En esta etapa, la persona comienza a sentir la tristeza propia del vacío que deja quien se ha ido de su vida. Es habitual que en esta etapa, las personas carezcan de motivación por seguir realizando sus actividades cotidianas e incluso tener la sensación de que su vida no tiene sentido.
  5. Aceptación. Aun siendo la última fase o etapa, la aceptación no implica de ninguna de las formas el olvido o la minimización del impacto de la pérdida. Más bien es una etapa en la que se aprende a vivir con esa pérdida, en la que se recupera total o parcialmente el nivel de actividad previa a la pérdida y donde ya coexiste el sentimiento de pérdida con la aparición de sensaciones que provocaban alegría o placer que formaban parte de la vida antes de la pérdida.

Cuando el ser querido que se va no es un ser humano

En el caso de los seres humanos, existen muchas diferencias culturales acerca de cómo concebimos o qué significado le damos a la muerte. En el caso de los animales, existen (incluso dentro de una propia cultura) muchas diferencias en cuanto al significado que los seres humanos damos a estas pérdidas. Seguramente esas diferencias tienen que ver con las propias diferencias que tenemos acerca de lo que significa la vida de los animales para los humanos.

Pero lo cierto es que, si nos referimos a los animales con los que convivimos, de los que nos responsabilizamos y los que nos acompañan como compañeros/es incondicionales, experimentamos un duelo que puede llegar a ser igual o incluso, en ocasiones, más intenso que el que podemos experimentar cuando perdemos a un ser humano.

He aquí algunas características propias de los procesos de duelo ante la pérdida de nuestra mascota, ya sea perro, gato, o cualquier otro animal:

  • Dependencia o responsabilidad. Cuando fallece nuestro perro o gato, por ejemplo, hablamos de un ser que depende total y absolutamente de nosotros, desde su alimentación, pasando por sus vacunas, terminando por la preocupación por su bienestar y equilibrio. No hay duda de que esta dependencia y esta responsabilidad generan un vínculo muy estrecho entre humano y animal, pero es cierto que, precisamente este vínculo tan estrecho, puede agudizar el dolor o el malestar en algunas etapas del duelo o en el proceso completo.
  • Incondicionalidad. El amor que nos transmiten los animales es de los pocos que pueden llegar a ser descritos como «incondicionales», ya que el amor entre seres humanos siempre tiene condiciones (y es bueno y necesario que las tenga, aunque a veces no les prestemos atención). El hecho de una persona pueda llegar a sentir la incondicionalidad de este vínculo, por ejemplo por parte de un perro, también puede llegar a causar más dolor ante su pérdida.
  • «Llegaste y te fuiste, y yo sigo aquí». Y es que la vida de nuestros acompañantes de cuatro patas suele ser corta, es una realidad que a veces cuesta aceptar. También esto es algo que influye y contribuye a que el duelo por la pérdida de un animal pueda ser vivido de una forma algo diferente.
  • Lo cotidiano. Es cierto que en el caso de la pérdida de una persona, por supuesto, llega un punto en que anhelamos lo cotidiano, lo relativo a las pequeñas cosas del día a día que teníamos con esa persona. Esto en el caso de nuestro animal de compañía también se da, aunque en ocasiones de forma diferente. La naturaleza de nuestros animales hace que se creen determinados «rituales» muy repetidos en el tiempo y que al sufrir, de repente, la pérdida de nuestro compañero o compañera de vida, lo notemos especialmente. Estos rituales son prácticamente infinitos, como el recibimiento de nuestras mascotas al llegar a casa, ese momento de juego con el juguete preferido de nuestro gato o la excitación de nuestro perro cuando llega la hora de comer.
  • La respuesta de los demás. Tal como adelantábamos al comienzo de este post, las respuestas ante el fallecimiento de nuestros animales pueden ser y a menudo son muy variopintas, dependiendo del contexto en el que nos encontremos. Sabiendo que la pérdida de nuestro animal nos puede causar un intenso dolor, muchas personas ni siquiera conciben que haya que elaborar un duelo, o que tu vida se interrumpa ni tan siquiera un poco. ¿Alguien se imagina que incluso a nivel laboral se contemplaran derechos relacionados con el duelo ante estas pérdidas? Seguramente sea difícil imaginarlo. Hasta cuesta imaginar que pudieran dar permisos en el trabajo para acudir al veterinario ante cualquier urgencia… Tal vez en un futuro…

Seguramente, este último punto sea clave para comprender por qué no se suele dar mucha importancia a la pérdida de los animales que conviven con nosotros. A medida que pasa el tiempo, parece que a nivel social se va tomando cierta consciencia de que son muchas (y parece que cada vez más) las personas que tienen mascotas en sus vidas, que son consideradas, de hecho, miembros de la familia. Esta toma de consciencia se traduce en más espacios donde poder pasar tiempo junto con tu mascota, o más facilidades para viajar u hospedarte con animales de compañía (aunque todavía queda mucho por hacer).

Sin embargo, a esta aparente toma de consciencia también ha de unirse la sensibilidad propia de qué supone no solo la llegada de un animal a nuestras vidas, sino qué supone su partida. Aunque es cierto que aquí la capacidad empática tiene mucho que ver en cómo se tratan este tipo de duelos (seguramente una persona que no ha tenido nunca un animal en casa o en su inmediato alrededor tendrá más dificultades para ponerse en el lugar de alguien que ha sufrido una reciente pérdida), y es precisamente por eso por lo que la visibilidad de cómo nos afectan estas pérdidas y lo que suponen para muchos y muchas es una buena estrategia para seguir avanzando y conseguir que estos procesos de duelo se acepten, naturalicen y respeten.

Por concluir, en ningún caso el objetivo de este post es el banalizar el duelo de los seres humanos en detrimento de la importancia del duelo por la pérdida de nuestra mascota. Simplemente se pretende visibilizar que este tipo de duelos también se dan, también afectan a miles de personas cada día, y no han de ser menospreciados o ninguneados. Démosle a estos duelos la importancia que merecen, porque seguramente la persona que los esté atravesando lo agradecerá y se sentirá mucho más comprendida y ayudada.

 


Alberto Álamo
Nº Col. AN08736

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