Llevas semanas o meses esperando las vacaciones. Has planificado los días de descanso, imaginado la tranquilidad de no tener alarmas y proyectado volver con la batería completamente cargada. Sin embargo, llega el primer día de pausa y el cuerpo no responde como esperabas: sientes inquietud, dificultad para conciliar el sueño, necesidad imperiosa de mantenerte ocupado o una constante rumiación sobre pendientes laborales.
Si te cuesta relajarte cuando por fin tienes tiempo libre, no significa que estés gestionando mal tus vacaciones. La explicación reside en la fisiología: tu sistema nervioso continúa funcionando en modo alerta.
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