Ni subidón, ni mariposas, ni juegos: seguridad

Leía hace poco en Twiter una publicación que, tanto por cierta como por lapidaria, me resultó interesante. Decía así: “toda la vida creyendo que las mejores sensaciones del amor eran el subidón, los nervios e, incluso, un poco, la incertidumbre. Y resulta que no, que la mejor sensación que el amor puede provocarte, de lejos, es la seguridad”.  39 palabras. Zas.

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Terapia infanto-juvenil: radiografía de una rabieta

Sara y Daniel pasean por los pasillos de unos grandes almacenes con su hijo Raúl montado en el accesorio para niños del carro del supermercado con aparente y aceptable tranquilidad hasta que atraviesan el pasillo de los juguetes infantiles.

Raúl, con una fuerza que se antoja imposible en un niño de dos años y medio, logra zafarse de su prisión de hierro y salir del carro, dando a parar con el pañal en el suelo. Desde su nueva posición trata de alcanzar cualquier objeto a la redonda ante la mirada estupefacta de sus padres, que tratan aún de descifrar cómo ha conseguido su hijo llegar hasta ahí. Tratando de devolver a Raúl a su lugar de origen entre gritos, patadas y llantos, Sara y Daniel se plantean si su hijo no será un Gremmlin el día de su bautizo.

Ya lo saben. Ha empezado la guerra.

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Terapia psicológica vs terapia farmacológica

Que en España el nivel de antidepresivos y ansiolíticos haya llegado a impregnar los ríos (literalmente) hasta el punto de que de un tiempo a esta parte se esté estudiando el impacto de los restos de estas sustancias (que navegan desde las aguas residuales hasta diversos ecosistemas) no es una casualidad, y es que nuestro país es líder en Europa en el consumo de psicofármacos, y uno de los países con la tasa más alta de receta de ansiolíticos -¡atención!- del mundo.

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A Carolina le va mal, pero todo está bien (y bien no es bastante)

Cuando Carolina llegó a la familia se encontró con unos padres entusiasmados por su presencia, asustados e ilusionados a partes iguales, que podían pasarse horas soñando con las grandes cosas que la pequeña alcanzaría en su vida.

No había límites en sus expectativas, y el futuro que imaginaban para ella se antojaba, cuanto menos, apetecible para cualquiera. Antes de que ella tocara tierra (y aunque no lo supiera) había nacido otra persona, nueve meses antes, se llamaba “la hija que queremos que seas”.

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